27 feb. 2010

Extracto de Lover Mine



—Bueno, creo que hemos terminado.

John sintió un último golpe en el hombro y luego la pistola de tatuajes se quedó en silencio. Sentándose, había estado acurrucado las dos últimas horas, extendió los brazos por encima de la cabeza y estiró el torso, volviéndolo a su posición natural

—Dame un segundo y te limpio.

Mientras el macho humano se dirigía a un lavabo de acero inoxidable, John acomodó su peso sobre su columna vertebral una vez más y dejó que el hormigueo que se extendía por la parte superior de su espalda reverberará por todo su cuerpo.

En la pausa que siguió, un recuerdo extraño vino a él, uno en el que no había pensado durante años. Era de la época en la que había vivido en el orfanato de Nuestra Señora, de cuando aún no sabía lo que era en realidad. Uno de los benefactores del lugar era un hombre rico que tenía una gran casa a orillas del lago Saranac. Cada verano, los niños eran invitados a pasar un día allí para jugar en el césped del tamaño de un campo de futbol, ir a pasear en su barco de hermosa madera y comer sándwiches y sandías.

John siempre se quemaba por el sol. No importaba lo mucho que lo embadurnasen, su piel siempre acababa quemada, hasta que finalmente lo relegaron a la sombra del porche. Obligado a esperar apartado, veía a los otros niños y niñas jugar, escuchando el sonido de sus risas recorrer la hierba de un color verde brillante, además también le llevaban la comida y comía solo, siendo testigo de la diversión en vez de formar parte de ella.

Curiosamente, en ese momento su espalda se sentía igual que se había sentido su piel en aquel entonces: tirante e irritada, especialmente cuando el tatuador volvió con un paño húmedo y lo pasó haciendo círculos sobre la tinta fresca.

Hombre, John recordaba cómo le aterrorizaba esa excursión anual al lago. Había deseado tanto estar con los demás ... aunque si era honesto, lo que hacían era lo de menos, lo que más había deseado era encajar. Joder, podrían haber estado masticando vidrio molido y sangrando por la parte delantera de sus camisetas y de todas formas habría estado ansioso por participar.

Las seis horas que pasaba en el porche con nada más que un libro de historietas o examinando una y otra vez un nido de pájaros caído le habían parecido largas como meses. Demasiado tiempo para pensar y anhelar. Siempre había tenido la esperanza de que lo adoptaran y, en momentos de soledad como ese, ese pensamiento lo consumía: más que ser uno más entre los otros niños, había deseado tener una familia, una verdadera madre y un verdadero padre, y no solo unos tutores preocupados en criarlo.
Deseaba pertenecer a alguien. Deseaba que alguien le dijera “eres mío”.

Claro que, ahora que sabía lo que era… ahora que vivía como un vampiro entre vampiros, entendía la “pertenencia” más claramente. Ciertamente, los humanos tenían un concepto de unidad de familia, matrimonio y todas esas mierdas, pero los vampiros eran más como animales que vivían en manadas. Los lazos de sangre y los emparejamientos eran mucho más viscerales e intensos.

Al pensar en su triste infancia, le dolía el pecho, pero no porque desease volver atrás en el tiempo para decirle a ese pequeño niño que sus padres irían a buscarlo. No, le dolía porque lo que él había deseado tanto casi lo había destruido. Su adopción había llegado, sí, pero la “pertenencia” no se había dado. Wellsie y Tohr habían entrado en su vida, le habían dicho qué era y le habían mostrado un breve atisbo de su hogar… y luego habían desaparecido.

Así que se podía afirmar categóricamente que era mucho peor haber tenido unos padres y haberlos perdido que no haberlos tenido nunca.

Sí, claro, técnicamente Tohr había regresado a la mansión de la Hermandad, pero para John estaba asusente para siempre: a pesar de que ahora estaba diciendo todos las cosas correctas, se habían dado demasiados abandonos, de forma que ahora, aunque probablemente se tratara de un asentamiento definitivo, era demasiado tarde.

John había terminado con todo el sunto de Tohr.

—Aquí hay un espejo. Mírate, tío

John asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y se acercó a un espejo de cuerpo entero que había en una esquina. Cuando Blay regresó de fumarse un cigarrillo y Qhuinn emergió de detrás de la cortina de la habitación de al lado, John se volvió y pudo echar un vistazo a lo que tenía en la espalda.

Era exactamente lo que quería. Y el trabajo ornamental era de primera.

Asintió mientras movía el espejo de mano, mirándose desde todos los ángulos. Tío, era una pena que nadie más que él y sus amigos pudiesen verlo. El tatuaje era espectacular.

El nombre de Xhex estaba en su piel. Siempre sería una parte de él. Hasta que la muerte desprendiese la carne de sus huesos.

No importaba lo que sucediese después, la encontrase viva o muerta, ella siempre estaría con él.

La visión de esas cuatro letras en la Antigua Lengua lo aliviaba. Que era más de lo que podía decir de cualquier otra cosa que hubiese intentado. Beber, trabajar hasta tarde, luchar con los lessers hasta que no ellos no fueran los únicos en sangrar… nada de eso le daba paz.

Esas dos últimas semanas desde el secuestro habían sido las más largas de su vida. Y él había tenido días jodidamente largos antes de toda esta mierda.

Dios, no sabía dónde estaba. No sabía qué le había sucedido. La había perdido… se sentía como si hubiese sido herido de muerte aunque su piel estaba intacta; aunque sus brazos y piernas estaban ilesos; aunque su pecho no había sido penetrado por ninguna bala o hoja.

Ella no lo quería, cierto. Ella lo había rechazado, cierto. Pero ahí estaba la cosa: después de haberse intoxicado por su rechazo, se había dado cuenta de que, aunque ella no sintiese lo mismo, él seguía siendo dueño de sus propios sentimientos.

Todavía podía entregar su vida por ella. Y mataría por encontrarla. Y traerla de regreso a casa en cualquier condición que se encontrase, ya fuese para curarla o para enterrarla.

Era suya. Y la falta de reciprocidad no cambiaba esa realidad. Incluso si conseguía hacerla volver y ella vivía una vida que no lo incluía, estaba bien. Lo único que deseaba es que estuviese sana y salva.

Suponía que por eso sabía que realmente la amaba.

John miro al artista, pusó la mano sobre su corazón e hizo una profunda reverencia. Cuando se enderezó, el hombre le extendió la mano.

—De nada, hombre. Significa mucho para mí que lo apruebes. Déjame que ahora lo cubra con una venda.

Después de estrecharse las manos, John habló por señas y Blay tradujo:

—No es necesario. Sana rápidamente

—Pero va a anecesitar un tiempo para… —el tatuador se inclinó hacia delante y, tras inspeccionar su obra, frunció el ceño.

Antes de que el hombre comenzase a hacerse preguntas, John dio un paso atrás y cogió de manos de Blay su camisa. La cosa era que la tinta que habían traído con ellos se la habían cogido a V, lo que significaba que parte de su composición incluía sal. El nombre y la fabulosa caligrafía estarían en la piel de John de forma permanente… y su piel ya había sanado.

Era una de las ventajas de ser un vampiro de raza casi pura.

Blaylock le entregó la chaqueta a John y, mientras la mujer con la que Qhuinn había tenido sexo salía de detrás de la cortina de la habitación de al lado, era difícil no darse cuenta de la expresión de dolor en la cara de Blay. Como alguien que también sentía los pantalones oprimidos por un tema de amor no correspondido, el primer impulso de John fue tratar de reconfortar a su amigo, pero se contuvo.

A veces, todo lo que le quedaba a un tipo era su dignidad.

—Ese tatuaje mola —dijo Qhuinn.

Cuando la mujer asintió con la cabeza y deslizó un trozo de papel en el bolsillo trasero de Qhuinn, Jhon tuvo el impulso de decirle que no se hiciese muchas ilusiones. Una vez que el tipo poseía a alguien, terminaba la relación, como si sus parejas sexuales fuesen maquinillas de adeitar desechables que usaba para rebajar su agresión. Desafortunadamente, había que decir que Kat von D parecía tener estrellas en los ojos.

—Llámame —le susurro con una confianza que se desvanecería con el paso de los días.

Qhuinn le sonrío un poco.

—Cuídate.

Ante el sonido de esa palabra, Blay se relajó, sus grandes hombros se aflojaron. En Qhuinnlandia, “cuídate” era sinónimo de “nunca volveré a verte, llamarte o joderte otra vez”.

John sacó la cartera, repleta de billetes y sin absolutamente ninguna identificación, y cogió cuatro billetes de cien. Que era el doble de lo que valía el tatuaje. Cuando el tatuador comenzó a negar con la cabeza diciendo que era demasiado, John le hizo una seña a Qhuinn.

Los dos levantaron las palmas de sus manos derechas frente a los humanos y luego tocaron sus mentes, borrando los recuerdos de las últimas dos horas. Ni el tatuador ni la recepcionista tendrían recuerdos concretos de lo que habían hecho. Como mucho, podrían llegar a tener sueños vagos. Y como mínimo, tendrían un dolor de cabeza.

Mientras el par caía en un trance, John, Blay y Qhuinn salieron por la puerta de la tienda y desaparecieron en las sombras. Esperaron hasta que el artista sacudió la cabeza, ubicándose, fue hasta la puerta y corrió el cerrojo… y luego llegó la hora de volver al trabajo.

—¿Al Iron Mask? —preguntó Qhuinn. Su voz era un poco más baja de lo habitual, evidencia de la satisfacción post-coito.

Blay encendió un Dunhill mientras Jhon asentía y gesticulaba:

—Nos están esperando

Uno tras otro, los tres desaparecieron en la noche. John fue el último en desvanecerse y se detuvo un momento, con los instintos agitándose.

Mirando a izquierda y derecha, sus ojos, agudos como lásers, atravesaron la oscuridad. La calle Trade tenía muchas luces de neón y había coches circulando ya que sólo eran las dos de la madrugada, pero no estaba interesado en las partes iluminadas.

Lo que le interesaba eran los aliados oscuros.

Alguien estaba observándolos.

Metió la mano dentro de la chaqueta de cuero y cerró su mano alrededor de la empuñadura de su daga. No tenía problemas en matar a sus enemigos, especialmente ahora que sabía podidamente bien quién tenía a su hembra… y tenía la esperanza de que algo que oliese como un venado muerto desde hacia semanas saliese a su encuentro.

No tuvo suerte. En cambio, sonó su móvil conun silbido. Sin duda Qhuinn y/o Blay se estarían preguntando dónde coño estaba.

Esperó un minuto más y decidió que la información de las sombras era más importante que enzarzarse con el asesino que estuviera escondiéndose en la oscuridad. Debía centrarse en Xhex. Ella era la única cosa que importaba en su mundo. Llevarla a salvo a casa era lo promordial.

Con la sed de venganza fluyendo espesa por sus venas, John se desmaterializó en el aire, sin dejar rastro tras de sí

© Copyright J.R. Ward 2009

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